jueves, 4 de febrero de 2010

Ante un nuevo aniversario de la Revolución de 1905


“no se efectúan en el espíritu humano cambios tan radicales que permitan pasar del escepticismo, del descreimiento y de la corrupción política en que se ha vivido, a una acción reparadora, destinada, precisamente, a destruir el sistema del que se ha sido instrumento o servidor”*1

Con estas palabras Hipólito Yrigoyen impugnaba a la oligarquía gobernante de principios de siglo, que se había apropiado del poder político de la República, manoseando la Constitución Nacional y el sistema representativo. El Manifiesto Revolucionario de 1905 es uno de los textos más esclarecedores para comprender la profundidad de la Causa yrigoyenista, su función reparadora y los fundamentos por los que se intentó socavar por las armas a un Régimen que sin lugar a dudas era falaz y descreído. La aristocracia patria, con su elegancia europea perfumada con bosta de vaca, perfiló a las luces de la tan recordada Generación del 80 un país para pocos a sangre, hambre y represión.

A 105 años de aquel levantamiento popular, que marcó los destinos de nuestra patria, muchos de sus postulados permanecen vigentes. Leemos hoy día los editoriales del diario La Nación añorando la Argentina del primer centenario, usados para criticar a la administración kirchnerista, olvidando (o no) que ese festejo se daba con fraude, Ley de Residencia y sumisión a los centros del poder imperial. Curioso ejemplo de República rescatan por estos días los adalides de la institucionalidad.

Justamente ante todas esas injusticias se sublevaba el radicalismo de la mano de su gran caudillo popular. Así el yrigoyenismo dio inicio a una nueva configuración política en la Argentina moderna, sentando serias diferencias con el proceso oligárquico para el que el Estado y la democracia solo existían como formas jurídico-políticas instrumentadas en beneficio de las minorías privilegiadas.

Alcanza con leer el manifiesto revolucionario para comprender que la concepción krausista de Yrigoyen generaba una ruptura con el molde liberal e impugnaba el ordenamiento precedente, proponiendo en oposición a la oligarquía que burlaba la voluntad popular un núcleo duro de fuerzas morales basado en la ética y en la solidaridad, tomando cuerpo en la forma de nación – antinación. Estos juicios no encajaban en el molde de una democracia limitada, esbozada por el liberalismo clásico, ya que el radicalismo constituía su propia visión como heredero de las largas luchas populares de la patria, e identificándose con el Estado al cual inyectaba del contenido moral carente.

El programa emancipatorio del yrigoyenismo, esbozado en 1905 y en las administraciones radicales a partir de 1916, no se concretó plenamente pero sus banderas dejaron un sendero marcado. Hoy nos queda recuperar como radicales lo mejor de nuestra tradición histórica, aquello que nos hermana con los procesos de liberación de una Patria Grande sojuzgada. En pos de supuestos beneficios electorales no podemos darnos el lujo de traicionar nuestra propia historia sea cual sea la coyuntura política que nos toque transitar. Tenemos mucho de lo que sentirnos orgullosos y son esas banderas intransigentes las que nos permitirán claridad y coherencia para resolver las problemáticas actuales que aquejan a nuestro pueblo.

*1- Manifiesto de la Revolución Radical del 4 de Febrero 1905