Los ánimos andan caldeados por estos días de gran agitación mediática. Ejecutivos que golpean embajadas con caras largas preocupados por la vorágine en la que están inmersos. Por su lado el Ejecutivo Nacional intentando recuperar agenda propia y colocándole el dedo al capital concentrado en donde más le duele: sus tan preciados negocios.La sola noticia de que la corporación mediática, representada por el Grupo Clarín, está siendo afectada es un hecho más que positivo. El Gobierno Nacional observó la veta con el conflicto entre la AFA vs. TSC y sacó mágicamente de la galera lo que ni ellos mismos se imaginaban la noche anterior. Hay que aplaudir de pie la decisión de estatizar las transmisiones de los partidos de fútbol y fortalecer de esa forma el Sistema Nacional de Medios Públicos.
Porque es falsa la disyuntiva planteada por sectores opositores que únicamente buscan repercusión mediática con sus diatribas públicas anti K. Son movidos por un feroz olfato oportunista que no repara en la proyección a largo plazo de las políticas estatales. Incluso, como Silvana Giudici sosteniendo que el fútbol “tiene que ser un negocio entre privados”, si esos posicionamientos implican defender los intereses de corporaciones manchadas medularmente por la corrupción como Clarín. No se trata de lamentarse hipócritamente por los chicos pobres que no tienen alimento diario en sus mesas familiares como lo hace el PRO, sosteniendo que el dinero que el Estado gastaría supuestamente en la transmisión de los partidos podría ser usado para políticas sociales. Alcanza con haber escuchado a Gabriela Michetti oponerse en la campaña a la implementación de políticas sociales no discriminatorias y eficientes como el Ingreso Universal para la Niñez.
Bajo el mismo argumento carecería de sentido las inversiones culturales mientras se mantengan las actuales tasas de indigencia y pobreza. Pero sobre todo hay que decir, aunque suene populista, que no se puede privar a los sectores pobres de un espectáculo popular como el fútbol. Habla alguien que justamente no puede definirse como futbolero pero que entiende el efecto pernicioso que genera la mercantilización del deporte y la mutación de un evento cultural en puro y simple negocio especulativo.
Julio Grondona es la representación cabal de la putrefacción de las instituciones argentinas. Pero algo tuvo que ver el sector empresarial en eso, cuando Clarín y TyC no sólo hacían negocios espurios con el titular de la AFA sino que prestaban todas sus cámaras y periodistas para legitimarlo públicamente.
Hay que mencionar la responsabilidad actual que tienen los medios de comunicación en la degradación cultural y en la extensión de la ignorancia. La tan mentada libertad de prensa de la que se jactan contrasta con la persecución que TyC realizó de periodistas como Víctor Hugo Morales o Adrián Paenza. También las dudas y la desconfianza sobre lo que hará realmente el kirchnerismo están presentes. Esperemos que se tenga el suficiente coraje y voluntad política para avanzar coherentemente en la sanción de una nueva ley de radiodifusión que permita un panorama distinto para todos los argentinos.








