Reclamaron una y otra vez hasta el cansancio “diálogo y consenso”, sosteniendo que este gobierno era “autoritario” y llegando a comparar al matrimonio presidencial con Nicolae Ceauşescu, por no hablar de la acusación hacia aquellos diputados que acompañaron la estatización de las AFJP de que se trataba de una remake del engaño hacia los judíos llevados a los campos de exterminio: “Yo convoco a toda la oposición y a la Argentina, no sólo a los jubilados sino a sus hijos y a los hijos de los hijos a impedir que el tren salga a Varsovia”. Todas muestras de serenidad, cordura y madurez democrática.Pero la doctora Carrió y sus “cívicos” rechazan ahora, luego de la derrota K el 28 J, el llamado desde la Casa Rosada para arrancar una rueda de conversaciones bajo el argumento de que el ámbito natural para el diálogo es el Parlamento Nacional. Sus voceras: Patricia Bullrich y María Eugenia Estenssoro.
Las idas y vueltas de Lilita ya no dan para más, no pudiendo terminar de otra forma que con su entierro político luego del tercer puesto obtenido en Capital Federal decidiendo competir por el electorado de derechas con el “carismático” Prat Gay frente a las boletas del ACyS. Pino Solanas recuperó en parte el electorado porteño que acompañaba al ARI cuando Lilita prefería la compañía de Rubén Lo Vuolo antes que el elogio de los tecnócratas liberales.
Los mismos vicios políticos que se le pueden atribuir a los Kirchner fueron reproducidos por Carrió en su armado político: soberbia, personalismo, carencia de lo colectivo, mesianismo, incoherencia ideológica. Ya no quedan dudas de que Lilita renunció a constituir una fuerza de alternativa y cambio.
Sin postulados claros la Coalición Cívica termina aislada en su planteo feroz de oposición absoluta hacia un gobierno al que no reconoce los mínimos aciertos. Al renunciar a la constitución de una izquierda republicana colaboraron en estos años en el avance de las derechas triunfantes bajo el mascarón del PJ. El progreso de los sectores neoconservadores, deslegitimados con la crisis del 2001, debe entenderse por los desaciertos de un gobierno nacional que nunca tuvo la firme intención de avanzar en la profundización de sus mejores aspectos progresistas y por los desvaríos de sectores opositores que no quisieron constituir alternativa al kirchnerismo por izquierda.
El kirchnerismo derrotado se repliega así, con el cambio de gabinete, en el propio peronismo e intenta dar pelea arrinconado políticamente. No concurrir al diálogo propuesto por la Presidenta es minar lo mejor de una administración que terminará devorada -en sus volteretas ideológicas- por las derechas sedientas de venganza. Los sectores concentrados exageraron su oposición a un kirchnerismo que no socavó su poder real. Si patalearon de esta forma sólo queda pensar de lo que son capaces las corporaciones para destruir un proyecto de emancipación real. La historia patria de asonadas militares, desestabilizaciones políticas y golpes de mercado señala lo poco que duda la oligarquía en defender sus intereses de clase.








