
“…la juventud contemporánea, y sobre todo la juventud de Latinoamérica, tiene una obligación revolucionaria contraída con la historia, con su pueblo, con el pasado de su patria…”
Salvador Allende
Salvador Allende
Las palabras del gran presidente chileno pronunciadas en 1972 contrastan fuertemente con nuestros días. Descreimiento, apatía, desconfianza, es lo primero que se cruza para describir la relación actual de los jóvenes con la política. A 25 años de la recuperación democrática que nos permitió empezar a transitar el camino de salida ante la más sangrienta y oscura dictadura, es paradojal que el mismo sistema político que se levantaba como esperanza en 1983 haya construido por un lado una ciudadanía alejada de la participación activa y una juventud que visualiza a los partidos políticos como espacios donde no se pueden gestar los cambios necesarios.
La batalla cultural que las fuerzas progresistas perdieron en los 90 frente a la oleada del discurso único neoliberal trajo aparejado un derrotismo que terminó canalizándose en actitudes que entienden que nada puede ser cambiando ya que el sólo intento por sí mismo es estéril.
Ese vacío de esperanzas es la principal traba para lograr movilizar y despertar la participación ciudadana tan necesaria para revertir un orden que a todas luces es profundamente inequitativo e injusto. No alcanza con indignarse ante las problemáticas sociales que azotan a nuestro país, es imperiosa la organización de proyectos alternativos donde la juventud en su conjunto ocupe un papel protagónico. Pero ese compromiso va a poder lograrse cuando empecemos a reconstruir la idea de futuro, las esperanzas como motor de que es posible otro mundo.
En momentos donde avanza el materialismo y la superficialidad, los jóvenes no se comprometen porque todos los puentes y canales están dinamitados en una sociedad consumista donde los negocios personales tienen más valor que los ideales de justicia. La tarea de reconstrucción parece por momentos ciclópea: un país saqueado por la entrega y la usura financiera, una juventud que ha sufrido en carne propia la decadencia educativa. La degradación del tejido cultural es lo más palpable a primera vista ante la carencia de horizontes.
Nada favorece a la participación juvenil porque el poder público es rehén de políticos profesionales convertidos en grises burócratas que carecen de escrúpulos al momento de ejecutar políticas anti populares. Un formalismo democrático que únicamente llama al pueblo a votar cada dos años pero que cocina las verdaderas decisiones a espalda de las grandes mayorías. Pero la juventud, como gran parte de la sociedad, visualiza y rechaza profundamente este cuadro de situación. Por eso surge la urgente necesidad de empezar a canalizar positivamente ese claro sentimiento de hartazgo que invade a todo el pueblo.
La política no entusiasma porque perdió los sueños y las utopías fueron extraviadas cuando no vendidas al mejor postor. Tenemos un pasado por el que sentirnos orgullosos, de la lucha heroica de revolucionarios como Mariano Moreno y Juan José Castelli, pasando por los jóvenes del 90 que enfrentaron a la maquinaria sangrienta del Régimen roquista, la juventud universitaria que protagonizó la Reforma de 1918 o las jornadas populares del Cordobazo en 1969.
Hay que evitar que el discurso de la anti política se cuele entre nosotros porque detrás de esas voces se esconde un egoísmo asocial y la intención de mantener los privilegios de unos pocos. Recuperar a los partidos políticos como herramientas sociales, no temerle al debate, al intercambio de ideas. La política es inevitable, queda en nosotros dejarla en mano de las corporaciones económicas o asumir la tarea de fortalecer plenamente la vida democrática para que la libertad y la igualdad sean principios tangibles para todos los argentinos.
La batalla cultural que las fuerzas progresistas perdieron en los 90 frente a la oleada del discurso único neoliberal trajo aparejado un derrotismo que terminó canalizándose en actitudes que entienden que nada puede ser cambiando ya que el sólo intento por sí mismo es estéril.
Ese vacío de esperanzas es la principal traba para lograr movilizar y despertar la participación ciudadana tan necesaria para revertir un orden que a todas luces es profundamente inequitativo e injusto. No alcanza con indignarse ante las problemáticas sociales que azotan a nuestro país, es imperiosa la organización de proyectos alternativos donde la juventud en su conjunto ocupe un papel protagónico. Pero ese compromiso va a poder lograrse cuando empecemos a reconstruir la idea de futuro, las esperanzas como motor de que es posible otro mundo.
En momentos donde avanza el materialismo y la superficialidad, los jóvenes no se comprometen porque todos los puentes y canales están dinamitados en una sociedad consumista donde los negocios personales tienen más valor que los ideales de justicia. La tarea de reconstrucción parece por momentos ciclópea: un país saqueado por la entrega y la usura financiera, una juventud que ha sufrido en carne propia la decadencia educativa. La degradación del tejido cultural es lo más palpable a primera vista ante la carencia de horizontes.
Nada favorece a la participación juvenil porque el poder público es rehén de políticos profesionales convertidos en grises burócratas que carecen de escrúpulos al momento de ejecutar políticas anti populares. Un formalismo democrático que únicamente llama al pueblo a votar cada dos años pero que cocina las verdaderas decisiones a espalda de las grandes mayorías. Pero la juventud, como gran parte de la sociedad, visualiza y rechaza profundamente este cuadro de situación. Por eso surge la urgente necesidad de empezar a canalizar positivamente ese claro sentimiento de hartazgo que invade a todo el pueblo.
La política no entusiasma porque perdió los sueños y las utopías fueron extraviadas cuando no vendidas al mejor postor. Tenemos un pasado por el que sentirnos orgullosos, de la lucha heroica de revolucionarios como Mariano Moreno y Juan José Castelli, pasando por los jóvenes del 90 que enfrentaron a la maquinaria sangrienta del Régimen roquista, la juventud universitaria que protagonizó la Reforma de 1918 o las jornadas populares del Cordobazo en 1969.
Hay que evitar que el discurso de la anti política se cuele entre nosotros porque detrás de esas voces se esconde un egoísmo asocial y la intención de mantener los privilegios de unos pocos. Recuperar a los partidos políticos como herramientas sociales, no temerle al debate, al intercambio de ideas. La política es inevitable, queda en nosotros dejarla en mano de las corporaciones económicas o asumir la tarea de fortalecer plenamente la vida democrática para que la libertad y la igualdad sean principios tangibles para todos los argentinos.








3 comentarios:
Hola!, tanto tiempo
Estoy totalmente de acuerdo con vos, el discurso de la antipolítica, de pensar que lo político es intrínsecamente corrupto es funcional a este sistema. Es similar al "fin de la historia" de Fukuyama.
Saludos!
Quiero articularles estas palabras a todos y a todas para invitarlos a participar de un proyecto que están articulando los argentinos y argentinas de Padrinazgo un día con las Urnas y Fiscales Argentinos
Si quiere se sume a la campaña visiten http://fiscalesargentina.blogspot.com/
Gracias a todos y a todas.
CFK PresidenTA
Condensa perfectamente la realidad que vivimos. Ya lo había leído y te había dado mi opinión.
Es triste que la juventud -llamada historicamente- a transformar el mundo, se este dejando corromper por la sociedad de malestar y el consumismo. La juventud debería estar al servicio de su pueblo, de su progreso, no al servicio de las multinacionales. Sin embargo, en mi corazón albergo la esperanza de que en el momento más indicado volveremos a renacer como el Fenix, mostrandole al mundo que como diría Jesús María Valle: "Aquí estamos y estaremos siempre. En el fragor de la lucha o en la quietud de la muerte".
Salu2
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